Llutchen febrero de 1239
Mi querido Rey y señor:
quiero contaros de mi puño y letra
algo que ha sucedido aquí en el monte Codel donde vos mismo me enviasteis para
conquistar el castillo de Chía a los moros.
Señor, habéis de saber que estando
en el monte preparándonos para la batalla, pedimos a Mosén Mateo Martínez que
celebrase misa para rogar la protección divina. Sucedió que cuando llegó el
momento de la consagración, se oyó un fragor de cascos de caballos y un ulular
de gritos feroces que cayeron sobre nosotros a la vez que, por sorpresa, nos
atacaban las dagas y espadas enemigas. Mosén reaccionó presto y escondió bajo
una roca las sagradas formas para luego luchar valientemente a nuestro lado. La
contienda resultó dura y cruenta, perdiendo en ella gran número de los
nuestros, algunos muertos y muchos heridos. Solo cuando cumplimos con el deber
cristiano de enterrar a los primeros y curar a los segundos, fue cuando
quisimos terminar la misa inacabada del día anterior para dar gracias a Dios
por la victoria. Mosén Mateo buscó las hostias
consagradas y al levantar la roca quedó lleno de asombro al ver que estas
habían dejado tanto en los corporales como en la hijuela lo que parecían marcas
de sangre. ¡Milagro, milagro!, exclamamos todos hincando las rodillas y
elevando al cielo cánticos de alabanza.
Tanto los aragoneses, como los
castellanos y catalanes nos disputamos el honor de guardar las reliquias.
Después de mucho parlamentar, acordamos que Mosén Mateo, portando los
Corporales, se subiese a un mulo. Si llegados a uno de los determinados lugares
de origen de los caballeros que allí estábamos y el animal se paraba, ese sería
el sitio elegido para guardarlos. El mulo con los ojos tapados, después de dar
varias vueltas, se paró en tierra de los aragoneses que enseguida explotaron en
grandes muestras de regocijo. Luego de reunirse en concilio, decidieron que los
guardarían en la villa de Daroca. Hoy mismo he autorizado escoltarlos con todas
las medidas de precaución hasta que lleguen y las depositen allí.
Señor, se me ocurre que tenemos una
buena ocasión de sacar beneficio. Si, con vuestra autoridad, vos mismo me
presentáis a los eclesiásticos, como testigo directo del milagro, yo los puedo
convencer de la autenticidad de este. Ya os habréis dado cuenta de que la
mayoría de la gente cree lo que quiere creer. De esta manera la Iglesia
obtendría buenos dineros por las peregrinaciones y nosotros su apoyo material
para continuar con la conquista. Además, con la fe ciega que promueven asuntos
como este, tenemos asegurado el apoyo incondicional del pueblo, con tal de que
le prestemos defensa para que los infieles no profanen lo que ya se considera santos
lugares.
Pensad bien en lo que os propongo.
Los vencidos no parecen que vayan a dar problemas, aunque nunca está de más
sujetar a las gentes con el temor a lo desconocido. De este modo ganaríamos el
apoyo del clero, siempre avariento, y de los nobles que se sentirán felices por
seguir con la cruzada y poder ganar además de tierras, la bula papal.
Quedo a la espera de vuestra
respuesta aquí en lo que ahora todos llaman el Monte Santo.
Vuestro fiel servidor y tío:
Berenguer
d´ Enteça







