Solo
dignidad
Conocí
a Doña Elvira medio ocultándome tras las sayas de mi madre. En parte, un poco
resentida por obligarme a asistir a la escuela. Creía que ya no iba a recibir
las atenciones que me prodigaba cuando nos quedábamos a solas en casa. Por
otra, temerosa de que la maestra me pudiese regañar por cualquier cosa que no
fuera a hacer bien.
El
primer día me despedí de mi madre haciendo pucheros, pero la maestra me tomó de
la mano y me condujo al interior del aula.
—No
llores más. Verás lo bien que lo vas a pasar. Hay muchas alumnas como tú y
todas quieren ser tus amigas. ¿Verdad, niñas?
—Todas corearon un sí enérgico—. Se llama Paquita —me presentó mientras acariciaba
mi cabeza—. Mira, te vas a sentar aquí con Palmira,
ella te ayudará al principio.
Nuestra
escuela era Pública y Unitaria. En la misma aula recibían enseñanza alumnos de
igual sexo desde los seis hasta los catorce años. Llegamos a convivir a la vez
ochenta alumnas. Doña Elvira actuaba con firmeza, aunque siempre se imponía con
educación y amabilidad. Tampoco se dejaba llevar por la mojigatería. Rezábamos
antes de empezar la clase porque así se lo exigían las consignas políticas de
la época, pero lo hacía de modo natural, dando gracias a Dios por la jornada
que comenzaba y pidiéndole que supiésemos aprovecharla.
Dedicábamos la mañana a las tareas más arduas.
A primera hora, repartía los cuadernos que se había llevado para corregir en
casa. A las más pequeñas les ponía “las muestras”. Una vez que las tenía
entretenidas, explicaba la lección a las que podían trabajar ya de modo
independiente, y después llamaba a leer a cada párvula. Mi Primera Cartilla, la
Enciclopedia Álvarez de Primer Grado, la de Segundo, la de Tercero. ¡Cuántas
generaciones de españoles, para bien y para mal, nos educamos con estos libros!
Memorizábamos reglas sencillas de gramática. Se incidía mucho en las cuatro
operaciones aritméticas principales y en adquirir agilidad en el cálculo mental,
aún retumba en mi cabeza el sonsonete cantarín y machacón de las tablas de
multiplicar. También en resolver problemas sencillos referidos a la vida
cotidiana, así como fechas y acontecimientos históricos. No recuerdo otro libro
de lectura obligada diferente a la enciclopedia, pero sí que me encantaban los
episodios de La Historia Sagrada basados en la Biblia. También se reseñaban
biografías de hombres ilustres, no tanto de mujeres. Nos mostraban historias ejemplares
como la de Juana de Arco o de Agustina de Aragón, más bien desde el prisma del
valor patriótico, pero ella se las arreglaba para hablarnos de otras mujeres con
valía intelectual.
La
jornada de la tarde se hacía mucho más amena. A menudo se dedicaba a leer y a
recitar poesías, las que aprendí en aquellos años nunca las he olvidado. Algunas
tardes cosíamos mientras cantábamos. Doña Elvira sabía entonar y nos hacía repetir
la melodía hasta que le dábamos el tono adecuado, canciones infantiles como
“Arroyo Claro” que me han acompañado toda mi vida.
Tampoco
dudó en crear un rincón lector con sus propios libros. Allí podíamos encontrar
los Cuentos de Calleja, las Fábulas de Esopo o de Iriarte y Samaniego. Todavía
hoy recuerdo la moraleja que desprendían La Lechera, La Cigarra y la hormiga, y
unas cuantas más. La Bella durmiente, Caperucita Roja, Blancanieves y tantos
otros cuentos de Andersen, de los hermanos Grim o de Perrault despertaron mi
imaginación y me transportaron a lugares fantásticos lejos de la precariedad en
que, en general, vivíamos.
Nos inculcaba hábitos de
limpieza y a menudo revisaba nuestras manos y uñas y si los piojos habían
anidado en alguna cabeza. Ella olía a jabón, a flores del campo, a limpio. Toda
ella emanaba sencillez y nobleza. Aún la veo pequeña, delgada y dinámica dirigiendo
las tablas de gimnasia que ejecutábamos al menos una vez por semana.
No
todos los alumnos tenían la suerte de terminar la escolaridad obligatoria. Ella
siempre insistía a los padres para que no pusieran a trabajar a los hijos antes
de tiempo. Gracias a ella yo seguí estudiando.
Doña
Elvira también fue pionera en vestirnos con uniforme, pienso que para evitar
comparaciones sociales, una especie de babero ajustado y tableado, de tela
blanca parecida a la de las sábanas, con un cuello camisero cerrado por un lazo
de raso azul. Decía que éramos sus palomitas, que, de un momento a otro, sin
que se diese cuenta, echaríamos a volar y dejaríamos su nido vacío. Y supongo
que era un sentimiento sincero, porque a mí también se me heló el corazón, como
si me lo hubieran perforado y tuviese un gran hueco difícil de llenar, el día
que me despedí de ella para ir a estudiar el Bachillerato a la capital.
Con
el tiempo le perdí la pista porque se jubiló y se marchó del pueblo, a vivir
con una sobrina me dijeron. Ya se sabe, comentó mi padre años después, los
maestros de aquella época tenían don, pero no tenían din, solo dignidad.
He
tenido muchos profesores a lo largo de mis estudios, como Doña Elvira ninguno.
Ella me dio las nociones más importantes y necesarias para ser persona: me
enseñó a tener amor propio, el hábito de la disciplina en cualquier orden de la
vida y el valor de las cosas bien hechas. Y lo más importante: el respeto por
el otro.