Textosencrisálida

domingo, 3 de octubre de 2021

En el Monte Codel

  

Llutchen febrero de 1239

 

Mi querido Rey y señor:

quiero contaros de mi puño y letra algo que ha sucedido aquí en el monte Codel donde vos mismo me enviasteis para conquistar el castillo de Chía a los moros.

Señor, habéis de saber que estando en el monte preparándonos para la batalla, pedimos a Mosén Mateo Martínez que celebrase misa para rogar la protección divina. Sucedió que cuando llegó el momento de la consagración, se oyó un fragor de cascos de caballos y un ulular de gritos feroces que cayeron sobre nosotros a la vez que, por sorpresa, nos atacaban las dagas y espadas enemigas. Mosén reaccionó presto y escondió bajo una roca las sagradas formas para luego luchar valientemente a nuestro lado. La contienda resultó dura y cruenta, perdiendo en ella gran número de los nuestros, algunos muertos y muchos heridos. Solo cuando cumplimos con el deber cristiano de enterrar a los primeros y curar a los segundos, fue cuando quisimos terminar la misa inacabada del día anterior para dar gracias a Dios por la victoria.  Mosén Mateo buscó las hostias consagradas y al levantar la roca quedó lleno de asombro al ver que estas habían dejado tanto en los corporales como en la hijuela lo que parecían marcas de sangre. ¡Milagro, milagro!, exclamamos todos hincando las rodillas y elevando al cielo cánticos de alabanza.

Tanto los aragoneses, como los castellanos y catalanes nos disputamos el honor de guardar las reliquias. Después de mucho parlamentar, acordamos que Mosén Mateo, portando los Corporales, se subiese a un mulo. Si llegados a uno de los determinados lugares de origen de los caballeros que allí estábamos y el animal se paraba, ese sería el sitio elegido para guardarlos. El mulo con los ojos tapados, después de dar varias vueltas, se paró en tierra de los aragoneses que enseguida explotaron en grandes muestras de regocijo. Luego de reunirse en concilio, decidieron que los guardarían en la villa de Daroca. Hoy mismo he autorizado escoltarlos con todas las medidas de precaución hasta que lleguen y las depositen allí.

 

Señor, se me ocurre que tenemos una buena ocasión de sacar beneficio. Si, con vuestra autoridad, vos mismo me presentáis a los eclesiásticos, como testigo directo del milagro, yo los puedo convencer de la autenticidad de este. Ya os habréis dado cuenta de que la mayoría de la gente cree lo que quiere creer. De esta manera la Iglesia obtendría buenos dineros por las peregrinaciones y nosotros su apoyo material para continuar con la conquista. Además, con la fe ciega que promueven asuntos como este, tenemos asegurado el apoyo incondicional del pueblo, con tal de que le prestemos defensa para que los infieles no profanen lo que ya se considera santos lugares.

 

Pensad bien en lo que os propongo. Los vencidos no parecen que vayan a dar problemas, aunque nunca está de más sujetar a las gentes con el temor a lo desconocido. De este modo ganaríamos el apoyo del clero, siempre avariento, y de los nobles que se sentirán felices por seguir con la cruzada y poder ganar además de tierras, la bula papal.

Quedo a la espera de vuestra respuesta aquí en lo que ahora todos llaman el Monte Santo.

Vuestro fiel servidor y tío:

Berenguer d´ Enteça

 

 

 

 

 


No hay comentarios: