A lo
quince años yo era una joven inocente e inexperta. Vivía en una capital de
provincia pequeña y aún en plena vigencia de la dictadura franquista. Además,
hacía unos meses que había muerto mi hermano mayor con veinte años y toda la
familia estábamos estupefactos ante la sorpresa, la desgracia y la tristeza que
supone tener que asumir la muerte por accidente de un joven. Este hecho nos
afectó mucho a toda la familia, sobre todo a mis padres, pero a mí en el inicio
de la juventud me conmovió sobremanera, me hizo tomar conciencia de la
vulnerabilidad de la existencia, algo que, en esa edad, es casi inadmisible. Percibía
alrededor enfermedades, catástrofes y hechos luctuosos que afectaban a otras
personas, pero no me paraba a pensar que en cualquier momento pudiese tocarme directamente.
Sin
embargo, la naturaleza seguía su curso en una ciudad pequeña de clima
continental y este nos sumergía en veranos tórridos que los estudiantes ociosos
por vacaciones salvábamos con el baño en la única piscina existente. Nosotros teníamos
la fortuna de vivir muy cerca, además, la entrada costaba muy poco por haber
promovido la obra los sindicatos, verticales se decían entonces, hasta muchos
años después no entendí el verdadero el significado de esta palabra en aquel
contexto político. Lo curioso es que, como contradicción, allí íbamos la
juventud de clase media que aspiraba a ser moderna. Los obreros se bañaban en
lo que se llamaba El Palo, un lugar a las afueras de la ciudad donde el río
Mundo remansaba y hacía un meandro propicio para el chapoteo o en las balsas de
las muchas huertas cercanas. También estos lugares empezaron a ponerse de moda entre
los vástagos de las familias acomodadas que tenían hacienda, como un modo de
reunión para demostrar su fingida progresía, aunque siempre obsequiada a un
círculo seleccionado y difícil de acceder desde otra categoría social inferior
que no fuese como servidumbre. Salvo el ansiado baño, no siempre diario, las
horas transcurrían con lentitud exasperante para la prisa que suele tener la
juventud en vivir. Los televisores solo estaban todavía al alcance de los más
pudientes. El primero que yo pude visionar alguna vez fue el de mi vecina, una mujer
pedorra, en el sentido más literal, viuda de un teniente coronel de la Guardia
Civil. Así que, no nos quedaba otra que leer todo cuanto caía en nuestras manos
para empaparnos de experiencias, aunque fuesen contadas por otros. Y vaya sí
leí, los pocos libros que mi familia disponía, los prohibidos que tomaba a
hurtadillas de mis hermanos mayores y los muchos que saqué de las bibliotecas,
tanto municipal como de los institutos a los que asistí. Todas las vertientes
de la colección Austral cayeron sucesivamente. Ella me abrió las puertas al
universo literario que tantas horas de placer me ha proporcionado.
Cuando refrescaba, ya muy entrada la tarde, íbamos a pasear al Parque central o a los llamados Jardinillos. Comprábamos una bolsa de pipas o a lo sumo un polo de naranja o limón, los más demandados, y nos pasábamos las horas muertas paseando o sentados en un banco charlando de mil cosas, divagando y haciendo planes para un futuro que pasaba por terminar una carrera asequible. En esa época si tus padres no gozaban de buena posición económica, solo te cabían dos posibilidades: conseguir una beca y marcharte fuera, o quedarte a estudiar allí. Si permanecías en mi ciudad, teníacuatro opciones: buscar un trabajo sin requisito de titulación alguna, hacer oposiciones a cualquier administración estatal o cursar las únicas carreras posibles, Enfermería o Magisterio. Yo por tradición familiar opté por lo último.
Por
las noches solía ser común sacar las sillas a la puerta de la calle para tomar
el fresco. Mientras la chiquillería se entretenía en carreras y juegos al
escondite, los jóvenes adoptábamos una postura lánguida y poco participativa,
pero permanecíamos con el oído muy abierto a la animada y poco selectiva conversación
de los adultos. En aquellas horas se aprendía más sobre la vida que en una hora
de cátedra sesuda. Algunas noches con suerte conseguíamos el permiso para ir al
cine de verano. Nos hacían un bocadillo y nos lo comíamos tan a gusto viendo un
par de películas de reestreno, poco importaba la calidad sino el hecho de poder
salir por la noche con los amigos, normalmente con alguien mayor, la carabina,
encargada de vigilar la rectitud de nuestros actos. Cuando la televisión se
popularizó, cambió radicalmente el modo de relacionarnos. Los anuncios y las
películas mostraron galanes y modelos de hombres extranjeros diferentes que
fueron calando poco a poco en contraste con el macho patrio tan poco edificante.
También nos brindó, no sin cierto escándalo, la apertura a la sexualidad y la
ampliación de los roles de la mujer.
Por
entonces yo acababa de cumplir dieciséis años, y en mí prendía el ardor juvenil
por cualquier cosa, cuanto más el amor. Ahora me doy cuenta de que yo era como
un lienzo en blanco. Recuerdo los recorridos por la ciudad con mi mejor amiga
para espiar y seguir los chicos guapos que por cualquier circunstancia se
hubiesen cruzado en nuestro camino. Esos amores platónicos nos hacían
enfebrecer y soñar despiertas con el príncipe que nos recatase del tedio y la
mediocridad en que vivíamos. La primavera de la vida ya había explotado en mi
corazón y se hallaba abierto como un campo recién abonado. Ese verano, en una reunión de Acción Católica,
conocí a un muchacho, dos años mayor que yo, tímido y tierno, todavía inmaduro,
pero con la misma hambre de autoafirmación que yo. El destino quiso que el amor
prendiese en nosotros con una llama abrasiva recia y vigorosa. Hoy sé que no se
puede dar nada por conseguido definitivamente y que el amor hay que construirlo
cada día.
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