Anhelo
Desde
el umbral del sueño me llamó. La voz amada acarició mi alma.
Estaba allí etérea, en el banco del jardín. Los cautivadores ojos
negros me miraban, ahora vacíos, como mis días sin esperanza. Supe,
que, aunque yerta, la seguía añorando. Los rizados cabellos caían
por las desnudas sienes, antes puro mármol y ahora flores ajadas.
Preguntó: ¿vendrás conmigo? Y yo contesté: contigo siempre.
Esbozó una sonrisa y no me pude resistir a la subyugante suplica.
Obediente me recosté en el glacial regazo. Era una noche de abril en
la que su ausencia y mi dolor se unían en lacerante daga. De la
memoria, perseguía rescatar recuerdos y caricias que el tiempo iba
difuminando. Entre brumas contemplé nuestras primeras ilusiones,
rotas apenas nacidas. La convivencia no había sido, sino frugal
sueño. Un día, sin esperarlo, la cruel enfermedad la atenazó.
Durante meses la tos persistía. Consultamos buenos médicos y nos
arriesgamos con curanderos. La trataron en hospitales franceses y
españoles. Recomendaron reposo y aire limpio ¡Qué más puro que el
aire de nuestra Soria querida! Al fin derrotados, regresamos de la
Francia chic y cosmopolita a la España insegura de la preguerra.
Cuidados con esmero, vigilancia continua, mimos y atenciones vanas,
todo fue inútil. A sus escasos dieciocho años, llegó traicionera,
calladamente la Parca y se llevó a mi niña, tan madura que llenaba
mi alma y mi cama. Ya me arrancaste Señor, lo que yo más quería.
En contra de mi voluntad te la llevaste, Dios Mío, y me dejaste solo
en la tierra suya.
Otra
vez he soñado que éramos mi Leonor, y yo, su Antonio querido. De
nuevo dos amantes que se abrasaban en el fuego íntimo. Yo el guía,
ella la fuente que refrescaba el camino. Yo el sembrador, ella la
tierra mullida. De mi caño el agua clara que saciaba su inagotable
sed; de sus pechos, dulce éxtasis que colmaba mi urgente apetito.
Una y mil veces arábamos la tierra fértil que no quiso regalarnos
el preciado fruto. Como una muralla, la rodeé con mi amor profundo.
Nuestras armas, su oferente inocencia y mi pasión desbordada.
Ayer
dije: ¡basta! No quiero ver más el fúnebre féretro, ni visionar el
túmulo, ni la tierra fresca removida, ni el cuerpo inerte, ni
recrearme en el dolor. Esperanzado, le
pregunté a la tarde de abril: ¿al fin la alegría se acerca a mi
casa? Y ella respondió desdeñosa: la alegría pasó una vez y
quizás ya no vuelve a pasar más.
El
fantasma enredó su aliento helado en mi cabello encanecido. Recorrió
mi rostro con los traslúcidos dedos. Posó los labios rígidos en
los míos entregados y me dio un leve beso al que yo respondí con
fuego. Lloré acunado con el eco de su antigua risa. Al fin, me
atreví a preguntar: ¿para cuándo
el olvido de lo que nunca debió pasar?
Entonces,
ella exhaló su aliento inerte y acoplando su voz gélida a mi
receptivo oído musitó:
―Amado,
ama y déjate amar. No hay Leonor, no hay Guiomar. Somos la imagen y
el reflejo de tu ansiado anhelo.
Anoche cuando dormía, soñé que
un nuevo amor surgía en mi corazón. Entonces, deseé que la dorada
esperanza fabricase en él, con las amarguras viejas, un sosegado
cariño y otro deseo firme y fiel.
Nota: texto inspirado en las
poesías y canciones de Antonio Machado
