El libro de mi vida
—Yo quiero este de “La dama y el Vagabundo” y este de
“La Sirenita” y este de...
—¡Hija, no te los podemos comprar todos!
—¡Bueno! Si promete leerlos conmigo, le compro alguno
más.
Las casetas se ordenan en interminables hileras a un
lado y otro de la feria. Se mezcla el olor fresco a libro nuevo
con el gusto macerado y picante de colonias, sudor y polvo.
Comparten espacio novedades con ediciones clásicas. La
multitud, indecisa, hojea y consulta antes comprar. Yo me
quedo fascinado ante tanto libro. Me gusta el olor del papel
nuevo, los colores brillantes y variados de las cubiertas. Me
intrigan los títulos. Despiertan mi interés los nombres de
autores noveles. Todo me parece una promesa de placer
infinito y me vuelvo codicioso por atesorar libros.
Mi infancia transcurrió en un pequeño pueblo
manchego. Mi madre se había empeñado en estudiar y mi
abuelo, hombre adelantado, lo había consentido. Cuando
se casó la dureza de las faenas de la casa y la crianza de
los hijos le dejaba poco tiempo. Aún así, nos inculcaba el
amor por las letras. Sin embargo, la ola moralizadora
también nos coaccionó. Recuerdo especialmente un libro
verde de “Lecturas Ejemplares” que releía una y otra vez.
Mi mente infantil no podía asimilar aquellos ejemplos de
jóvenes santos y mártires cuya conducta me parecía tan
inalcanzable por extraña y fuera del entorno cotidiano.
¡Qué decir del “Catecismo y devocionarios”! Antes de ir
a la escuela ya habíamos aprendido nuestras primeras
oraciones. Al terminar la Primera Comunión toda la
familia quedaba saturada y legitimada para chantajear al
neófito a costa del buen comportamiento. Otros libros muy
de moda fueron las “Fábulas” de Iriarte o de Samaniego.
Nunca tuve ninguna “seño”, no se permitía la coeducación.
Mis maestros fueron como los de toda la vida. Pensábamos
que creían a pie juntillas cuanto enseñaban, ahora me
inclino por sostener que quizá solo se veían obligados a
aparentarlo. Sus palabras constituían para los alumnos
órdenes sin lugar a replica.
—A ver, Tomás, ¡lea! Bueno, mejor leo yo primero y
luego usted repite. ¡Atentos! Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela, no surca el mar sino vuela...
¡Cuántas tardes pasamos recitando “Las mil y una
poesías de la Lengua Castellana”! Quizá ese fue el germen
para que hoy me continúe gustando la poesía.
Repetíamos de modo mecánico las tablas de multiplicar,
los diez mandamientos y cuanto su autoridad considerase
digno de memorizar. Todavía digo de carrerilla la lista de
los reyes godos y no se me han olvidado comarcas como la
de Barros o Tierra del Pan y del Vino.
A veces otro compañero me
guiscaba por debajo del pupitre.
—Martín, no enrede.
—¡Pero si es él quien no me deja!
I Libro digital de Literautas, junio, 2013