Había autorizado a su esposo Jaime I a utilizar parte del dinero de su dote para sufragar la campaña de la conquista del Reino de Valencia. Esta plaza le interesaba mucho para asegurar el futuro de sus hijos, pero aún más quería consolidar los lazos sentimentales con el rey. Tenía sospechas de que el monarca dudaba entre respetar la hegemonía del príncipe Alfonso, hijo se su primera esposa Leonor de Aragón, o inclinarse por dejar a Pedro, primogénito de ella, Violante de Hungría, como heredero del trono.
Sabía que el rey disfrutaba con la poesía y la música. ¿Qué descanso más placentero podía ofrecerle que reclinar la cabeza en su regazo mientras escuchaba dulces melodías? Por ello había llevado en su séquito a aquel joven trovador de cabellos oscuros, dedos delicados con el laúd y voz llena de matices aterciopelados. También a varias doncellas, entre ellas a una discreta joven cuyas manos se mostraban expertas cuando masajeaban su dolorido cuerpo después de horas de intensa cabalgadura por cerros y llanos.
Aquella noche, a la reina no le pasó desapercibida la mirada de complicidad entre el músico y la doncella. Pensó en qué poco conocía a sus servidores. Ella ya había hecho planes para casarla con el jefe del batallón real, sin reparar en si el hombre era o no del agrado de la muchacha.
Durante los días siguientes no hubo lugar para el descanso ni las canciones. La batalla entre cristianos y sarracenos en la zona próxima a Ares se recrudeció. Muchos hombres cayeron heridos o muertos antes de que el bando cristiano ganase la partida.
Días después de la victoria, los caballeros monjes ofrecieron al rey grabar aquellas gestas en las paredes del Castillo de Alcañiz, donde con generosidad la Orden de Calatrava lo había alojado, dispuesta a prestar ayuda a la Corona en la expansión del reino aragonés.
Doña Violante aprovechó que su doncella le ayudaba a vestirse para la fiesta y con delicadeza le preguntó por quién ocupaba su corazón. Ella dudó un momento y con los ojos arrasados de lágrimas apenas podía contestar. La reina le levantó con dulzura la barbilla e hizo que la mirase.
―No llores niña, no te casarás con nadie que tú no quieras.
―Lo sé mi señora. No es por mí por quien lloro sino por mi hermano Joan, el trovador. Es él quien corre peligro.
―¿Qué le ocurre? ―dijo la reina alarmada―, ¿está malherido?
―No, mi señora ―se limpió las lágrimas―, es que entre los vencidos se encuentra Zoraida una joven mora de la que está enamorado. Esperan pronto un hijo. Ahora con la conquista teme por la vida de ambos.
―El rey ha prometido ser magnánimo, siempre que ellos nos sean fieles ―dijo la reina compadecida.
―Eso dice mi señor, pero sus hombres…
―No temas, yo intercederé por tu hermano. Dile que venga a verme mañana.
Sin embargo, a pesar del ofrecimiento de los reyes de llevar en su séquito a los dos amantes, Zoraida prefirió permanecer con los suyos y Joan quedarse con ella. En el castillo hay varias salas con grabados en la pared. En uno de ellos se puede ver como unas damas despiden dolientes a un joven trovador, que prefirió cambiar de costumbres y dedicación a la realeza para cantar solamente a una bella sarracena.
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