EL INVASOR
Lo odio, lo odio con todas mis ganas.
Un día, de súbito, llamó a mi puerta, se instaló en mi vida y
desde entonces se ha querido hacer íntimo, me acompaña cada día.
Es una relación unívoca, yo no lo
acepto, aunque sé que estoy condenada a vivir con él. Me tiene
acobardada, atemorizada, invade mi espacio e invalida mi autonomía.
Sé que llama a otras muchas puertas y
que se instala a la fuerza. Es un invasor que arrasa con todo y al
que no le importa a quién avasalle, ni el género, ni la edad, ni la
condición de su víctima. Todas le son apetecibles por igual, aunque
en unas se ceba más que en otras. Se dice que su avaricia ha llegado
a tal extremo que incluso no duda en matar con tal de conseguir su
objetivo y adueñarse por completo del cuerpo deseado.
En ocasiones logro aplacarlo. Durante
el día es más tímido y pretende ocultarse, aunque yo noto su
velada presencia. Me hace disimular ante la gente. Su compañía
resulta tan horrible que todos lo evitan.
Cuando se muestra en demasía, consigue
que los demás sólo de lejos te ofrezcan su conmiseración,
te hagan un círculo, te aparten y nos
dejen a solas.
Por la noche me obliga a acostarme con
él, me amarra fuertemente y un agitado sueño nos mantiene
íntimamente abrazados.
Sólo logro aplacarlo si
sistemáticamente le doy una dosis, hasta ahora medida, de sus drogas
habituales. Entonces cae en un ligero sopor, por un tiempo se
adormece y por unas horas puedo hacer mi vida. Es un viejo caprichoso
y renqueante del que siempre hay que estar pendiente para que no
empeore y caiga.
Es tal la dependencia que no me deja
subir ni bajar las escaleras, ni dar largos paseos, ni bailar. Le
gusta atenazarme e impedirme que me mueva con soltura. No sé de
dónde procede, pero sí qué pretende.
Lo malo es que no logro echarlo, se
encuentra tan a gusto que no creo que nunca me abandone.
He recurrido a hechiceros y magos de la
medicina para que hagan sus exorcismos. Sé que, a veces, en casos
difíciles, obtienen resultados extraordinarios y el enfermo
asombrado ve como en pocos días o meses el dolor los abandona para
siempre, o al menos una temporada.
En otros, como el mío, el esfuerzo ha
sido nulo. Su causa es de origen desconocido. Se ha hecho crónico,
renuente. Me ha tomado querencia, se ha instalado en mi casa como un
huésped molesto, como un parásito feliz.
Me ha dicho que no me haga ilusiones,
que piensa acompañarme de por vida.