Textosencrisálida

jueves, 28 de enero de 2021

Solo dignidad

 



Solo dignidad

Conocí a Doña Elvira medio ocultándome tras las sayas de mi madre. En parte, un poco resentida por obligarme a asistir a la escuela. Creía que ya no iba a recibir las atenciones que me prodigaba cuando nos quedábamos a solas en casa. Por otra, temerosa de que la maestra me pudiese regañar por cualquier cosa que no fuera a hacer bien.

El primer día me despedí de mi madre haciendo pucheros, pero la maestra me tomó de la mano y me condujo al interior del aula.

—No llores más. Verás lo bien que lo vas a pasar. Hay muchas alumnas como tú y todas quieren ser tus amigas. ¿Verdad, niñas?  —Todas corearon un sí enérgico—. Se llama Paquita —me presentó mientras acariciaba mi cabeza. Mira, te vas a sentar aquí con Palmira, ella te ayudará al principio.

Nuestra escuela era Pública y Unitaria. En la misma aula recibían enseñanza alumnos de igual sexo desde los seis hasta los catorce años. Llegamos a convivir a la vez ochenta alumnas. Doña Elvira actuaba con firmeza, aunque siempre se imponía con educación y amabilidad. Tampoco se dejaba llevar por la mojigatería. Rezábamos antes de empezar la clase porque así se lo exigían las consignas políticas de la época, pero lo hacía de modo natural, dando gracias a Dios por la jornada que comenzaba y pidiéndole que supiésemos aprovecharla.

  Dedicábamos la mañana a las tareas más arduas. A primera hora, repartía los cuadernos que se había llevado para corregir en casa. A las más pequeñas les ponía “las muestras”. Una vez que las tenía entretenidas, explicaba la lección a las que podían trabajar ya de modo independiente, y después llamaba a leer a cada párvula. Mi Primera Cartilla, la Enciclopedia Álvarez de Primer Grado, la de Segundo, la de Tercero. ¡Cuántas generaciones de españoles, para bien y para mal, nos educamos con estos libros! Memorizábamos reglas sencillas de gramática. Se incidía mucho en las cuatro operaciones aritméticas principales y en adquirir agilidad en el cálculo mental, aún retumba en mi cabeza el sonsonete cantarín y machacón de las tablas de multiplicar. También en resolver problemas sencillos referidos a la vida cotidiana, así como fechas y acontecimientos históricos. No recuerdo otro libro de lectura obligada diferente a la enciclopedia, pero sí que me encantaban los episodios de La Historia Sagrada basados en la Biblia. También se reseñaban biografías de hombres ilustres, no tanto de mujeres. Nos mostraban historias ejemplares como la de Juana de Arco o de Agustina de Aragón, más bien desde el prisma del valor patriótico, pero ella se las arreglaba para hablarnos de otras mujeres con valía intelectual.

La jornada de la tarde se hacía mucho más amena. A menudo se dedicaba a leer y a recitar poesías, las que aprendí en aquellos años nunca las he olvidado. Algunas tardes cosíamos mientras cantábamos. Doña Elvira sabía entonar y nos hacía repetir la melodía hasta que le dábamos el tono adecuado, canciones infantiles como “Arroyo Claro” que me han acompañado toda mi vida.

Tampoco dudó en crear un rincón lector con sus propios libros. Allí podíamos encontrar los Cuentos de Calleja, las Fábulas de Esopo o de Iriarte y Samaniego. Todavía hoy recuerdo la moraleja que desprendían La Lechera, La Cigarra y la hormiga, y unas cuantas más. La Bella durmiente, Caperucita Roja, Blancanieves y tantos otros cuentos de Andersen, de los hermanos Grim o de Perrault despertaron mi imaginación y me transportaron a lugares fantásticos lejos de la precariedad en que, en general, vivíamos.

Nos inculcaba hábitos de limpieza y a menudo revisaba nuestras manos y uñas y si los piojos habían anidado en alguna cabeza. Ella olía a jabón, a flores del campo, a limpio. Toda ella emanaba sencillez y nobleza. Aún la veo pequeña, delgada y dinámica dirigiendo las tablas de gimnasia que ejecutábamos al menos una vez por semana.

No todos los alumnos tenían la suerte de terminar la escolaridad obligatoria. Ella siempre insistía a los padres para que no pusieran a trabajar a los hijos antes de tiempo. Gracias a ella yo seguí estudiando.

Doña Elvira también fue pionera en vestirnos con uniforme, pienso que para evitar comparaciones sociales, una especie de babero ajustado y tableado, de tela blanca parecida a la de las sábanas, con un cuello camisero cerrado por un lazo de raso azul. Decía que éramos sus palomitas, que, de un momento a otro, sin que se diese cuenta, echaríamos a volar y dejaríamos su nido vacío. Y supongo que era un sentimiento sincero, porque a mí también se me heló el corazón, como si me lo hubieran perforado y tuviese un gran hueco difícil de llenar, el día que me despedí de ella para ir a estudiar el Bachillerato a la capital.

Con el tiempo le perdí la pista porque se jubiló y se marchó del pueblo, a vivir con una sobrina me dijeron. Ya se sabe, comentó mi padre años después, los maestros de aquella época tenían don, pero no tenían din, solo dignidad.

He tenido muchos profesores a lo largo de mis estudios, como Doña Elvira ninguno. Ella me dio las nociones más importantes y necesarias para ser persona: me enseñó a tener amor propio, el hábito de la disciplina en cualquier orden de la vida y el valor de las cosas bien hechas. Y lo más importante: el respeto por el otro.

 


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