Textosencrisálida

domingo, 25 de julio de 2021

Mi primera juventud

 


 Mi primera juventud

A lo quince años yo era una joven inocente e inexperta. Vivía en una capital de provincia pequeña y aún en plena vigencia de la dictadura franquista. Además, hacía unos meses que había muerto mi hermano mayor con veinte años y toda la familia estábamos estupefactos ante la sorpresa, la desgracia y la tristeza que supone tener que asumir la muerte por accidente de un joven. Este hecho nos afectó mucho a toda la familia, sobre todo a mis padres, pero a mí en el inicio de la juventud me conmovió sobremanera, me hizo tomar conciencia de la vulnerabilidad de la existencia, algo que, en esa edad, es casi inadmisible. Percibía alrededor enfermedades, catástrofes y hechos luctuosos que afectaban a otras personas, pero no me paraba a pensar que en cualquier momento pudiese tocarme directamente.

Sin embargo, la naturaleza seguía su curso en una ciudad pequeña de clima continental y este nos sumergía en veranos tórridos que los estudiantes ociosos por vacaciones salvábamos con el baño en la única piscina existente. Nosotros teníamos la fortuna de vivir muy cerca, además, la entrada costaba muy poco por haber promovido la obra los sindicatos, verticales se decían entonces, hasta muchos años después no entendí el verdadero el significado de esta palabra en aquel contexto político. Lo curioso es que, como contradicción, allí íbamos la juventud de clase media que aspiraba a ser moderna. Los obreros se bañaban en lo que se llamaba El Palo, un lugar a las afueras de la ciudad donde el río Mundo remansaba y hacía un meandro propicio para el chapoteo o en las balsas de las muchas huertas cercanas. También estos lugares empezaron a ponerse de moda entre los vástagos de las familias acomodadas que tenían hacienda, como un modo de reunión para demostrar su fingida progresía, aunque siempre obsequiada a un círculo seleccionado y difícil de acceder desde otra categoría social inferior que no fuese como servidumbre. Salvo el ansiado baño, no siempre diario, las horas transcurrían con lentitud exasperante para la prisa que suele tener la juventud en vivir. Los televisores solo estaban todavía al alcance de los más pudientes. El primero que yo pude visionar alguna vez fue el de mi vecina, una mujer pedorra, en el sentido más literal, viuda de un teniente coronel de la Guardia Civil. Así que, no nos quedaba otra que leer todo cuanto caía en nuestras manos para empaparnos de experiencias, aunque fuesen contadas por otros. Y vaya sí leí, los pocos libros que mi familia disponía, los prohibidos que tomaba a hurtadillas de mis hermanos mayores y los muchos que saqué de las bibliotecas, tanto municipal como de los institutos a los que asistí. Todas las vertientes de la colección Austral cayeron sucesivamente. Ella me abrió las puertas al universo literario que tantas horas de placer me ha proporcionado.

Cuando refrescaba, ya muy entrada la tarde, íbamos a pasear al Parque central o a los llamados Jardinillos. Comprábamos una bolsa de pipas o a lo sumo un polo de naranja o limón, los más demandados, y nos pasábamos las horas muertas paseando o sentados en un banco charlando de mil cosas, divagando y haciendo planes para un futuro que pasaba por terminar una carrera asequible. En esa época si tus padres no gozaban de buena posición económica, solo te cabían dos posibilidades: conseguir una beca y marcharte fuera, o quedarte a estudiar allí. Si permanecías en mi ciudad, teníacuatro opciones: buscar un trabajo sin requisito de titulación alguna, hacer oposiciones a cualquier administración estatal o cursar las únicas carreras posibles, Enfermería o Magisterio. Yo por tradición familiar opté por lo último.

Por las noches solía ser común sacar las sillas a la puerta de la calle para tomar el fresco. Mientras la chiquillería se entretenía en carreras y juegos al escondite, los jóvenes adoptábamos una postura lánguida y poco participativa, pero permanecíamos con el oído muy abierto a la animada y poco selectiva conversación de los adultos. En aquellas horas se aprendía más sobre la vida que en una hora de cátedra sesuda. Algunas noches con suerte conseguíamos el permiso para ir al cine de verano. Nos hacían un bocadillo y nos lo comíamos tan a gusto viendo un par de películas de reestreno, poco importaba la calidad sino el hecho de poder salir por la noche con los amigos, normalmente con alguien mayor, la carabina, encargada de vigilar la rectitud de nuestros actos. Cuando la televisión se popularizó, cambió radicalmente el modo de relacionarnos. Los anuncios y las películas mostraron galanes y modelos de hombres extranjeros diferentes que fueron calando poco a poco en contraste con el macho patrio tan poco edificante. También nos brindó, no sin cierto escándalo, la apertura a la sexualidad y la ampliación de los roles de la mujer.

Por entonces yo acababa de cumplir dieciséis años, y en mí prendía el ardor juvenil por cualquier cosa, cuanto más el amor. Ahora me doy cuenta de que yo era como un lienzo en blanco. Recuerdo los recorridos por la ciudad con mi mejor amiga para espiar y seguir los chicos guapos que por cualquier circunstancia se hubiesen cruzado en nuestro camino. Esos amores platónicos nos hacían enfebrecer y soñar despiertas con el príncipe que nos recatase del tedio y la mediocridad en que vivíamos. La primavera de la vida ya había explotado en mi corazón y se hallaba abierto como un campo recién abonado.  Ese verano, en una reunión de Acción Católica, conocí a un muchacho, dos años mayor que yo, tímido y tierno, todavía inmaduro, pero con la misma hambre de autoafirmación que yo. El destino quiso que el amor prendiese en nosotros con una llama abrasiva recia y vigorosa. Hoy sé que no se puede dar nada por conseguido definitivamente y que el amor hay que construirlo cada día.

 


miércoles, 3 de febrero de 2021

Imaginación

 




Imaginación

No entendió por qué la pantalla se mostraba en blanco y la sala de cine se hallaba casi vacía. Esperó inútilmente hasta que comprendió que la mejor película es la que cada uno se monta en su imaginación para poder sobrevivir cada día.

La maja

 


La Maja

Antaño constituyó un canon de belleza y aún hoy multitud de hombres la contemplaban como una fantasía erótica, incluso otros como una inversión inalcanzable. El caballero de la mano en el pecho y otros muchos personajes ilustres se codeaban con ella.  Todos la llamaban La Maja y a menudo la comparaban con sus amigas Las tres gracias y con más de una famosa venus y, hasta en sus horas de tedio, jugaba al escondite con Las Meninas. Sin embargo, no se sentía feliz. Esta tarde el conservador del museo se dejó la puerta abierta y ella no ha dudado en escapar, estaba harta de ser una naturaleza muerta.

Microrrelatos: El globo

 







El globo

Una señal de Prohibido le cerraba el paso. De ninguna manera iban a poder suprimir su determinación. A los pocos minutos, desde una ventana, un hombre lanzaba un globo rojo como la sangre, dividido en dos mitades por una banda blanca como la esperanza, en medio imprimida la palabra SOS. Allí iba la protesta por el trato que la sociedad imponía a su naturaleza diferente.

El coro




El coro

Manuela es viejita y chiquita. Durante años ha visto germinar los campos, pero ya ni puede arreglar su humilde choza, apenas si ve. Damián le da un sacudón cariñoso cada mañana y le ayuda a vestirse. Fue él también quien se levantó como un proyectil para atender a los cooperantes.  

No queremos vivir en una gran ciudad —respondió, además no sabríamos ni cruzar los semáforos. Una ayuda aquí sí que nos vendría bien añadió esperanzado.

 Ahora, los dos cada tarde aclaran su garganta antes de incorporarse al coro de la Casa de Mayores de su pueblito.

 


sábado, 30 de enero de 2021

PRÁCTICA

 


PRÁCTICA

Nadie comprendió el por qué dejaba un trabajo bien remunerado. Solo él sabía cuánto lo necesitaba. Durante años había leído en los libros y enseñado a los alumnos universitarios las teorías pedagógicas. Ahora las pondría en práctica en los extrarradios, en las chabolas, allí todavía no habían llegado los pupitres.

jueves, 28 de enero de 2021

Solo dignidad

 



Solo dignidad

Conocí a Doña Elvira medio ocultándome tras las sayas de mi madre. En parte, un poco resentida por obligarme a asistir a la escuela. Creía que ya no iba a recibir las atenciones que me prodigaba cuando nos quedábamos a solas en casa. Por otra, temerosa de que la maestra me pudiese regañar por cualquier cosa que no fuera a hacer bien.

El primer día me despedí de mi madre haciendo pucheros, pero la maestra me tomó de la mano y me condujo al interior del aula.

—No llores más. Verás lo bien que lo vas a pasar. Hay muchas alumnas como tú y todas quieren ser tus amigas. ¿Verdad, niñas?  —Todas corearon un sí enérgico—. Se llama Paquita —me presentó mientras acariciaba mi cabeza. Mira, te vas a sentar aquí con Palmira, ella te ayudará al principio.

Nuestra escuela era Pública y Unitaria. En la misma aula recibían enseñanza alumnos de igual sexo desde los seis hasta los catorce años. Llegamos a convivir a la vez ochenta alumnas. Doña Elvira actuaba con firmeza, aunque siempre se imponía con educación y amabilidad. Tampoco se dejaba llevar por la mojigatería. Rezábamos antes de empezar la clase porque así se lo exigían las consignas políticas de la época, pero lo hacía de modo natural, dando gracias a Dios por la jornada que comenzaba y pidiéndole que supiésemos aprovecharla.

  Dedicábamos la mañana a las tareas más arduas. A primera hora, repartía los cuadernos que se había llevado para corregir en casa. A las más pequeñas les ponía “las muestras”. Una vez que las tenía entretenidas, explicaba la lección a las que podían trabajar ya de modo independiente, y después llamaba a leer a cada párvula. Mi Primera Cartilla, la Enciclopedia Álvarez de Primer Grado, la de Segundo, la de Tercero. ¡Cuántas generaciones de españoles, para bien y para mal, nos educamos con estos libros! Memorizábamos reglas sencillas de gramática. Se incidía mucho en las cuatro operaciones aritméticas principales y en adquirir agilidad en el cálculo mental, aún retumba en mi cabeza el sonsonete cantarín y machacón de las tablas de multiplicar. También en resolver problemas sencillos referidos a la vida cotidiana, así como fechas y acontecimientos históricos. No recuerdo otro libro de lectura obligada diferente a la enciclopedia, pero sí que me encantaban los episodios de La Historia Sagrada basados en la Biblia. También se reseñaban biografías de hombres ilustres, no tanto de mujeres. Nos mostraban historias ejemplares como la de Juana de Arco o de Agustina de Aragón, más bien desde el prisma del valor patriótico, pero ella se las arreglaba para hablarnos de otras mujeres con valía intelectual.

La jornada de la tarde se hacía mucho más amena. A menudo se dedicaba a leer y a recitar poesías, las que aprendí en aquellos años nunca las he olvidado. Algunas tardes cosíamos mientras cantábamos. Doña Elvira sabía entonar y nos hacía repetir la melodía hasta que le dábamos el tono adecuado, canciones infantiles como “Arroyo Claro” que me han acompañado toda mi vida.

Tampoco dudó en crear un rincón lector con sus propios libros. Allí podíamos encontrar los Cuentos de Calleja, las Fábulas de Esopo o de Iriarte y Samaniego. Todavía hoy recuerdo la moraleja que desprendían La Lechera, La Cigarra y la hormiga, y unas cuantas más. La Bella durmiente, Caperucita Roja, Blancanieves y tantos otros cuentos de Andersen, de los hermanos Grim o de Perrault despertaron mi imaginación y me transportaron a lugares fantásticos lejos de la precariedad en que, en general, vivíamos.

Nos inculcaba hábitos de limpieza y a menudo revisaba nuestras manos y uñas y si los piojos habían anidado en alguna cabeza. Ella olía a jabón, a flores del campo, a limpio. Toda ella emanaba sencillez y nobleza. Aún la veo pequeña, delgada y dinámica dirigiendo las tablas de gimnasia que ejecutábamos al menos una vez por semana.

No todos los alumnos tenían la suerte de terminar la escolaridad obligatoria. Ella siempre insistía a los padres para que no pusieran a trabajar a los hijos antes de tiempo. Gracias a ella yo seguí estudiando.

Doña Elvira también fue pionera en vestirnos con uniforme, pienso que para evitar comparaciones sociales, una especie de babero ajustado y tableado, de tela blanca parecida a la de las sábanas, con un cuello camisero cerrado por un lazo de raso azul. Decía que éramos sus palomitas, que, de un momento a otro, sin que se diese cuenta, echaríamos a volar y dejaríamos su nido vacío. Y supongo que era un sentimiento sincero, porque a mí también se me heló el corazón, como si me lo hubieran perforado y tuviese un gran hueco difícil de llenar, el día que me despedí de ella para ir a estudiar el Bachillerato a la capital.

Con el tiempo le perdí la pista porque se jubiló y se marchó del pueblo, a vivir con una sobrina me dijeron. Ya se sabe, comentó mi padre años después, los maestros de aquella época tenían don, pero no tenían din, solo dignidad.

He tenido muchos profesores a lo largo de mis estudios, como Doña Elvira ninguno. Ella me dio las nociones más importantes y necesarias para ser persona: me enseñó a tener amor propio, el hábito de la disciplina en cualquier orden de la vida y el valor de las cosas bien hechas. Y lo más importante: el respeto por el otro.