Textosencrisálida

miércoles, 3 de febrero de 2021

Microrrelatos: El globo

 







El globo

Una señal de Prohibido le cerraba el paso. De ninguna manera iban a poder suprimir su determinación. A los pocos minutos, desde una ventana, un hombre lanzaba un globo rojo como la sangre, dividido en dos mitades por una banda blanca como la esperanza, en medio imprimida la palabra SOS. Allí iba la protesta por el trato que la sociedad imponía a su naturaleza diferente.

El coro




El coro

Manuela es viejita y chiquita. Durante años ha visto germinar los campos, pero ya ni puede arreglar su humilde choza, apenas si ve. Damián le da un sacudón cariñoso cada mañana y le ayuda a vestirse. Fue él también quien se levantó como un proyectil para atender a los cooperantes.  

No queremos vivir en una gran ciudad —respondió, además no sabríamos ni cruzar los semáforos. Una ayuda aquí sí que nos vendría bien añadió esperanzado.

 Ahora, los dos cada tarde aclaran su garganta antes de incorporarse al coro de la Casa de Mayores de su pueblito.

 


sábado, 30 de enero de 2021

PRÁCTICA

 


PRÁCTICA

Nadie comprendió el por qué dejaba un trabajo bien remunerado. Solo él sabía cuánto lo necesitaba. Durante años había leído en los libros y enseñado a los alumnos universitarios las teorías pedagógicas. Ahora las pondría en práctica en los extrarradios, en las chabolas, allí todavía no habían llegado los pupitres.

jueves, 28 de enero de 2021

Solo dignidad

 



Solo dignidad

Conocí a Doña Elvira medio ocultándome tras las sayas de mi madre. En parte, un poco resentida por obligarme a asistir a la escuela. Creía que ya no iba a recibir las atenciones que me prodigaba cuando nos quedábamos a solas en casa. Por otra, temerosa de que la maestra me pudiese regañar por cualquier cosa que no fuera a hacer bien.

El primer día me despedí de mi madre haciendo pucheros, pero la maestra me tomó de la mano y me condujo al interior del aula.

—No llores más. Verás lo bien que lo vas a pasar. Hay muchas alumnas como tú y todas quieren ser tus amigas. ¿Verdad, niñas?  —Todas corearon un sí enérgico—. Se llama Paquita —me presentó mientras acariciaba mi cabeza. Mira, te vas a sentar aquí con Palmira, ella te ayudará al principio.

Nuestra escuela era Pública y Unitaria. En la misma aula recibían enseñanza alumnos de igual sexo desde los seis hasta los catorce años. Llegamos a convivir a la vez ochenta alumnas. Doña Elvira actuaba con firmeza, aunque siempre se imponía con educación y amabilidad. Tampoco se dejaba llevar por la mojigatería. Rezábamos antes de empezar la clase porque así se lo exigían las consignas políticas de la época, pero lo hacía de modo natural, dando gracias a Dios por la jornada que comenzaba y pidiéndole que supiésemos aprovecharla.

  Dedicábamos la mañana a las tareas más arduas. A primera hora, repartía los cuadernos que se había llevado para corregir en casa. A las más pequeñas les ponía “las muestras”. Una vez que las tenía entretenidas, explicaba la lección a las que podían trabajar ya de modo independiente, y después llamaba a leer a cada párvula. Mi Primera Cartilla, la Enciclopedia Álvarez de Primer Grado, la de Segundo, la de Tercero. ¡Cuántas generaciones de españoles, para bien y para mal, nos educamos con estos libros! Memorizábamos reglas sencillas de gramática. Se incidía mucho en las cuatro operaciones aritméticas principales y en adquirir agilidad en el cálculo mental, aún retumba en mi cabeza el sonsonete cantarín y machacón de las tablas de multiplicar. También en resolver problemas sencillos referidos a la vida cotidiana, así como fechas y acontecimientos históricos. No recuerdo otro libro de lectura obligada diferente a la enciclopedia, pero sí que me encantaban los episodios de La Historia Sagrada basados en la Biblia. También se reseñaban biografías de hombres ilustres, no tanto de mujeres. Nos mostraban historias ejemplares como la de Juana de Arco o de Agustina de Aragón, más bien desde el prisma del valor patriótico, pero ella se las arreglaba para hablarnos de otras mujeres con valía intelectual.

La jornada de la tarde se hacía mucho más amena. A menudo se dedicaba a leer y a recitar poesías, las que aprendí en aquellos años nunca las he olvidado. Algunas tardes cosíamos mientras cantábamos. Doña Elvira sabía entonar y nos hacía repetir la melodía hasta que le dábamos el tono adecuado, canciones infantiles como “Arroyo Claro” que me han acompañado toda mi vida.

Tampoco dudó en crear un rincón lector con sus propios libros. Allí podíamos encontrar los Cuentos de Calleja, las Fábulas de Esopo o de Iriarte y Samaniego. Todavía hoy recuerdo la moraleja que desprendían La Lechera, La Cigarra y la hormiga, y unas cuantas más. La Bella durmiente, Caperucita Roja, Blancanieves y tantos otros cuentos de Andersen, de los hermanos Grim o de Perrault despertaron mi imaginación y me transportaron a lugares fantásticos lejos de la precariedad en que, en general, vivíamos.

Nos inculcaba hábitos de limpieza y a menudo revisaba nuestras manos y uñas y si los piojos habían anidado en alguna cabeza. Ella olía a jabón, a flores del campo, a limpio. Toda ella emanaba sencillez y nobleza. Aún la veo pequeña, delgada y dinámica dirigiendo las tablas de gimnasia que ejecutábamos al menos una vez por semana.

No todos los alumnos tenían la suerte de terminar la escolaridad obligatoria. Ella siempre insistía a los padres para que no pusieran a trabajar a los hijos antes de tiempo. Gracias a ella yo seguí estudiando.

Doña Elvira también fue pionera en vestirnos con uniforme, pienso que para evitar comparaciones sociales, una especie de babero ajustado y tableado, de tela blanca parecida a la de las sábanas, con un cuello camisero cerrado por un lazo de raso azul. Decía que éramos sus palomitas, que, de un momento a otro, sin que se diese cuenta, echaríamos a volar y dejaríamos su nido vacío. Y supongo que era un sentimiento sincero, porque a mí también se me heló el corazón, como si me lo hubieran perforado y tuviese un gran hueco difícil de llenar, el día que me despedí de ella para ir a estudiar el Bachillerato a la capital.

Con el tiempo le perdí la pista porque se jubiló y se marchó del pueblo, a vivir con una sobrina me dijeron. Ya se sabe, comentó mi padre años después, los maestros de aquella época tenían don, pero no tenían din, solo dignidad.

He tenido muchos profesores a lo largo de mis estudios, como Doña Elvira ninguno. Ella me dio las nociones más importantes y necesarias para ser persona: me enseñó a tener amor propio, el hábito de la disciplina en cualquier orden de la vida y el valor de las cosas bien hechas. Y lo más importante: el respeto por el otro.

 


jueves, 3 de agosto de 2017

20 relatos para trayectos cortos"

El día 20 de noviembre el grupo editorial GMT


"Veinte relatos para trayectos cortos" de la editorial Serial del grupo GMT

Una antología amena, cuyo hilo conductor es que diversas personas se dejan un libro olvidado en el tren y otra persona lo recoge para leerlo. Cada relato es distinto, como distintos somos sus 20 autores.
Yo colaboro con mi relato "Quédate conmigo", una historia romántica en la que dos jóvenes luchan por abrirse camino y poder continuar con su amor.


jueves, 18 de diciembre de 2014

IV Concurso "Si las imágenes pudieran leerse" Club de los grandes soñadores







Vuela, vuela mariposa 


Te posas en el piano,
bella irisada
y tu suave aleteo
produce dulce melodía.
Admiro sigilosa
la pintura delicada
de tus alas extendidas.
¡Magnífica naturaleza,
quién pudiera tener
la dicha del vuelo!
Un tenue roce
te hace revolotear indecisa.
Yo te apremio.
Vuela, vuela, mariposa;
no te detengas.
Surca horizontes y mares,
llega a países deshumanizados,
hasta lugares inhóspitos.
Alivia barrotes reales,
abre cárceles internas.
Lleva a los hombres desgraciados
una visión de esperanza,
dadles una razón para la vida.
¡Oh tú, metáfora de libertad!
               
                               Autora: Ana Lozano 

                                             


Mi trofeo es el libro:"Salón de belleza" del autor mexicano Mario Bellatín






jueves, 11 de diciembre de 2014

El invasor

EL INVASOR

Lo odio, lo odio con todas mis ganas. Un día, de súbito, llamó a mi puerta, se instaló en mi vida y desde entonces se ha querido hacer íntimo, me acompaña cada día.

Es una relación unívoca, yo no lo acepto, aunque sé que estoy condenada a vivir con él. Me tiene acobardada, atemorizada, invade mi espacio e invalida mi autonomía.

Sé que llama a otras muchas puertas y que se instala a la fuerza. Es un invasor que arrasa con todo y al que no le importa a quién avasalle, ni el género, ni la edad, ni la condición de su víctima. Todas le son apetecibles por igual, aunque en unas se ceba más que en otras. Se dice que su avaricia ha llegado a tal extremo que incluso no duda en matar con tal de conseguir su objetivo y adueñarse por completo del cuerpo deseado.

En ocasiones logro aplacarlo. Durante el día es más tímido y pretende ocultarse, aunque yo noto su velada presencia. Me hace disimular ante la gente. Su compañía resulta tan horrible que todos lo evitan.
Cuando se muestra en demasía, consigue que los demás sólo de lejos te ofrezcan su conmiseración,
te hagan un círculo, te aparten y nos dejen a solas.
Por la noche me obliga a acostarme con él, me amarra fuertemente y un agitado sueño nos mantiene íntimamente abrazados.

Sólo logro aplacarlo si sistemáticamente le doy una dosis, hasta ahora medida, de sus drogas habituales. Entonces cae en un ligero sopor, por un tiempo se adormece y por unas horas puedo hacer mi vida. Es un viejo caprichoso y renqueante del que siempre hay que estar pendiente para que no empeore y caiga.

Es tal la dependencia que no me deja subir ni bajar las escaleras, ni dar largos paseos, ni bailar. Le gusta atenazarme e impedirme que me mueva con soltura. No sé de dónde procede, pero sí qué pretende.

Lo malo es que no logro echarlo, se encuentra tan a gusto que no creo que nunca me abandone.
He recurrido a hechiceros y magos de la medicina para que hagan sus exorcismos. Sé que, a veces, en casos difíciles, obtienen resultados extraordinarios y el enfermo asombrado ve como en pocos días o meses el dolor los abandona para siempre, o al menos una temporada.

En otros, como el mío, el esfuerzo ha sido nulo. Su causa es de origen desconocido. Se ha hecho crónico, renuente. Me ha tomado querencia, se ha instalado en mi casa como un huésped molesto, como un parásito feliz.

Me ha dicho que no me haga ilusiones, que piensa acompañarme de por vida.